La mirada de la familia, en la construcción de género | Paola Pozzi | Coaching, Formación, Igualdad
Muchas de nosotras hemos sido educadas a través de estereotipos o roles de género tradicionales que siguen estando en nuestra mente, marcando en mayor o menor medida nuestra existencias y decisiones diarias. La construcción de género en la familia no es inocente pero aun así pasa desapercibida por la gran carga emocional, afectiva y relacional que conlleva todo este aprendizaje para quienes lo recibe sin cuestionarlo.
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La mirada de la familia, en la construcción de género

Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú lo llamarás destino – Carl Jung

La familia es un sistema, es decir,  un conjunto organizado e interdependiente de personas en constante interacción con el entorno, es un sistema dinámico y vivo.

 La familia se construye mediante un sistema de valores y creencias compartidos, por las experiencias vividas a lo largo de la vida, y por los rituales y costumbres que se transmiten generación tras generación que dan vida a lo que se llama,  la Cultura Familiar.

Esa cultura familiar crea una identidad de grupo y un sentido de pertenencia que responde a las necesidades de filiación y pertenencia de sus miembros.

Existe una constante  interacción entre la familia y la sociedad en la cual la ésta  está sumergida.

 A través del proceso de socialización, en muy temprana edad, las niñas y los niños aprenden los valores y las normas que se encuentran en la sociedad, serán tratado dentro de la familia de una forma diferente en función de lo que la sociedad considera oportuno para ser niña o niño.

Las familias refuerzan estas diferencias estimulando aspectos diferentes según el sexo con el que se haya nacido, ofreciendo actividades distintas a las niñas y a los niños.

Con el proceso de socialización se termina para construir el género y los nuevos miembros de la familia van aprendiendo el comportamiento que cada cual tiene que asumir en función de si es mujer o hombre.  

La construcción de género en la  familia no es inocente pero aun así pasa desapercibida por la gran carga emocional, afectiva y relacional que conlleva todo este aprendizaje para quienes lo reciben sin cuestionarla (los niños y las niñas).

El proceso de socialización es el espacio donde se transmiten estereotipos y roles de género. Este inofensivo aprendizaje sobre el género, condicionará la vida de las personas durante todo lo largo de sus vidas, porque influirá en:

  • gustos,
  • maneras de estar en la vida,
  • expectativas,
  • sentimientos,
  • ocupaciones y empleo. 

Muchas de nosotras hemos sido educadas a través de estereotipos o roles de género tradicionales que siguen estando en nuestra mente, marcando en mayor o menor medida nuestra existencias y decisiones diarias.

Si reflexionamos y pensamos a como los roles de género han influido en nuestras vidas y decisiones -desde las más pequeñas decisión como, llevar un tipo de peinado o un vestido,  hasta las decisiones más importantes como, la elección de una carrera universitaria o un tipo de trabajo- nos asombra ver como las influencias que hemos recibido, por parte de la familia en la cual hemos crecido, pueden marcar nuestro camino de vida e incluso, nuestra forma de ser.  

Si vuelvo a mi infancia y adolescencia con la mirada de la mujer que soy hoy, me doy cuenta de los numerosos estereotipos que han marcado mi educación como niña, como adolescente y han orientado mi futuro como mujer.

Las creencias y la cultura de mi familia, fueron fundamentales en la elección de mis estudios superiores. Elegí una escuela profesional en contabilidad y administración de empresa (que por cierto, odiaba) porque eran estudios que permitían, encontrar, de una forma bastante rápida, un buen empleo. Por cierto, estoy hablando de los años 90 del siglo pasado, en Italia, cuando todavía la gente aspiraba a un trabajo tranquilo, bien remunerado  y para toda la vida.

Según las ideas que circulaban en mi entorno y en mi familia, en aquella época, cursar una carrera universitaria implicaba años de estudios y de  prácticas no remuneradas para  adquirir experiencia y forjar una carrera profesional sólida.

Nadie se esperaba esto de mí.

En ningún momento, hubo alguna reflexión sería sobre mi futuro profesional, aquello que querrían mis padres (como todos los progenitores de mi entorno) era que me diplomara en algo que pudiera darme un trabajo, casarme y tener hijxs. Nada más. Ninguna aspiración de carrera profesional, ninguna referencia a que pudiera hacer algo más que esto en mi vida. No que esto esté mal, seguramente mi padre y mi madre, lo hicieron con las mejores intenciones y tomaron como ejemplo sus experiencia vital, las existencias de sus progenitores y del entorno en el cual, vivíamos todos. Pero para mí, esto no era suficiente, sin embargo no tenía otros modelos de referencia hacia donde mirar. El camino estaba trillado, había solo que seguir la corriente.

En aquel entonces existía (y creo que todavía existe, en Italia) la creencia que  para una mujer no eran necesarios tantos “estudios rebuscados”, puesto que, lo más importante para una mujer, era casarse y tener descendencia, ya está.  Total, ¿porque una mujer va a estudiar tanto, si luego lo tiene que dejar para la cuidar de tus peques? Esto era lo que ocurría y lo que sigue pasando.

Ideas o creencias de género como esta hacen que los miembros más jóvenes de la familia sigan repitiendo pautas que limitan opciones e obstaculizan el desarrollo del talento. Recordemos que los estereotipos cortan alas, desde muy temprana edad.

El poder de la mirada de las personas de nuestra propia familia, tiene una fuerza enorme. Se trata de una mirada de gran influencia, en algunos casos transformadora y en otros limitadora, pero nunca es una mirada neutra que no deja huellas.

La partencia a un sistema implica aceptar de forma consciente y mayoritariamente inconsciente una serie de normas, reglas, valores y creencias que nos identifican como parte de un grupo, de una familia o de sistema humano, en general y que marcan un destino de vida.

Sin embargo, hay esperanza y uno de los aspectos más importantes e interesantes que se está verificando en estos últimos años en las familias modernas,  es una mayor consciencia acerca del impacto de los estereotipos y de los roles de género en la educación de los niños y niñas. 

Las nuevas generaciones de padres y madres están más atentas y  son más conscientes  de una educación cada vez más libre de estereotipos de género. Educar en la igualdad, evitando deliberadamente una educación sexista abre posibilidades en las vidas de los niños y especialmente de las niñas.

 

Una educación no sexista genera un cambio poderoso en la cultura familiar porque libera a los niños y niñas de los límites de una visión sesgada de la vida.

Surge la necesidad de sensibilizar a la familia en género, ya que es en el hogar donde se aprenden las pautas básicas de lo que significa ser niño o niña, hombre o mujer, asumiendo roles que probablemente desempeñarán durante los largo de  su vida adulta y que forjaran un destino.

 

Paola Pozzi

Coaching, Formación y Género

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